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Pues el desvelo ha tomado forma :) He aquí un Sexy Hámster. #Iniciación #PrimeraPelea #DrawingFightClub #vector #digital #ilustracion #illustration #hamster #Dildo #love (en Playa Del Ingles Gran Canarias)
Yo no sé dónde, la gente ve lo admirable de este tipo… Razonamiento ilógico para despertar reacciones. by Fhil Navarro on EyeEm
Mira que son feas las Pitayas… Hoy las vi por vez primera en un supermercado. by Fhil Navarro on EyeEm
Todas las ciudades tienen heridas abiertas, expuestas, solo hay que saber verlas. by Fhil Navarro on EyeEm
El bigote de Rudilberto, siempre estaba lleno de moscas y otras cosas extrañas. by Fhil Navarro on EyeEm
Sabes que la vida mejora cuando ya bebes en un vaso de plástico en vez de una bolsa mal amarrada con su popote… by Fhil Navarro on EyeEm
Pedazos perdidos de otro tiempo a precio de supermercado… at Las Faluas by Fhil Navarro on EyeEm
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Y llegó agosto, como un soplo a mitad de la noche, frío y desconcertante. Los días de verano habían dejado de existir, quedando sólo un inerte sol estival empedrado tras tristes bloques de invernales nubes. El viento rememoraba el sabor al fin de temporada para los camareros, ese que sólo arrastra soledad, sobras de placer y diversión. Las piscinas silenciosas parecían que ya no quedaban indeseables escondidos por cualquier parte. Agosto había llegado con la sorpresa que no quería llegar. Y los camareros sonreían con la esperanza que así fuera. Era fin de temporada para los corazones sin rostro. Agosto había llegado sin ganas y el verano lo sentía.
Realmente no importa mucho lo que fuera a suceder...
Al final del día, siempre termina saliendo el sol.
Más cosas de meses pasados.
Arriesgamos nuestras vidas al intentar filmar la siguiente secuencia allá por Octubre...
Cuando Andie y Fhil se montan en una bicicleta biplaza, cualquier cosa puede suceder...
Sobre este vídeo:
Título: Tándem
Reparto: Andie Preciado, Fhil Navarro
BSO: Pinche Juan / Café Tacvba
Productora: Fhiliberto Films
Duración: 0:31
Año: 2014
¡Aquamán! ¡Aquamán!
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Las botellas rodaban por el suelo. La escena se teñía de blanco y negro, y sus respectivos grises. Las sábanas revueltas, blancas e inmaculadas. Traicionaban a unos desnudos pies. La maraña de pliegues era la furia desatada de un mar bravo, impetuoso, apasionado. La imagen era el testimonio de una gran contienda sucedida, lo atestiguaba el sobresaliente carmín que tintaba las sábanas por encima de la escenificada monocromía. Rápidamente los pies se sumergieron en el piélago y este comenzó a sacudirse con degustada violencia. Pronto las sábanas se alejaron del fondo a modo de celestial antojo, descubriendo así los cuerpos desnudos de Burdeos y Jica. Enzarzados, luchando cuerpo a cuerpo por someterse. Burdeos era más corpulento y consiguió dominar a Jica, abriendo sus piernas permitiendo que el fino cuerpo de Jica pasara por entre ellas y permitiendo reposar la virilidad de su ser sobre el vientre de ella mientras ambos, respiraban pesadamente, desbordados. Maniatada, Burdeos se lanzó a sus labios para beberla hasta la saciedad. Después se desprendió por su cuello deslizándose con su lengua, saboreando su fértil tierra, hasta los montes que coronan su cuerpo. Soltó sus manos suavemente, y sin separar los dedos de su cuerpo empezó a pasearlos con tacto de porcelana por la delicada textura de su piel recorriendo sus brazos hacia el valle de sus axilas,… Terminó por conquistar sus almenas, y con sus manos como escolta bajó su cabeza hasta su vientre mientras sus manos mecían, celosas, los senos, a la vez que con sus labios la convertía a su credo. Jica, no se rebeló, dejó que Burdeos le recorriera sin alterar la posición de sumisión a la que la había forzado, pero llegando a coronar su cuerpo y su vientre, siendo sembrado, no lo pudo evitar y tomando con sus manos su pelo lo dirigió a su viña. Y mientras él, con sus manos, consolidaba su propiedad, empezó a beber de ella, y ella a sentir el gusto de dar, acalorándose, gimoteando. Burdeos, saciado, probó la carne de sus muslos y tras un par de mordiscos subió para compartir su cosecha; mordiéndose los labios. En un descuido, Burdeos, fue derrocado por Jica que consiguió dominarle empapando su vientre, él respiraba pesadamente. Sonriente, ella, bajó sin piedad y le mordió uno de sus pezones exhalando, él, un placentero quejido. Hacía calor. Ambos sudaban. Jica se enderezó un poco. Burdeos estaba humedeciendo la espalda a Jica de forma focalizada y constante… Pasándose la mano por la frente para reubicar su sudor se abalanzó, sin despegarse de Burdeos, hacia un lado y destapó una botella de vino ya previamente descorchada. Bebió. “¿Quieres?”. Sonrió. Se llevó la botella a los labios de una forma exquisita y descendió para aterrizar sobre los de él y darle de beber. El beso, de sangre de toro, desbordó y se derramó por la cara de Burdeos, a la que Jica no dudó en lamer dejando las sábanas teñidas de pecado. Burdeos se enderezó apoyándose sobre la pared. Los dos sentados bebieron vino tranquilamente. Jica se le arrimó con la botella de la mano, ciñendo sus senos a el torso de él, y Burdeos, aparcando su miembro entre las nalgas de ella, le quitó la botella mientras se besaban. Con la botella de la mano y Jica totalmente sumisa, la inclinó hacia atrás arqueando su cuerpo y despuntando sus ya erectos pezones, inclinó la botella sobre ella y empezó a derramar el vino, levemente, por sobre sus senos haciendo que éste siguiera su cauce natural descendiendo por los firmes montes hasta la llanura de sus suaves ondulaciones de su vientre copando con gracia su ombligo, oasis de deseo, inundando finalmente su sexo abordando las trincheras de su clítoris y morir en cascada de tinto sobre los testículos de él. Toda empapada empezó a contonearse de forma que el vino hacía que ambos sexos se emborracharan. Iba a todo lo largo, hasta besarse y tras un leve juego volvía hasta encontrarse con los entintados vellos de él, y así una y otra vez, mientras él continuaba rociando, alimentando, el caudal que los arrastraba. La botella iba por la mitad cuando Burdeos decidió dejar de servir. Jica le acercó sus pechos para que los lamiera y cuando se hubo complacida se separó de él y se agachó para limpiarle a él. Primero su extasiado sexo, duro, goteante. Después recorrió con su lengua la base de su libídine hasta llegar a sus testículos que embadurnados los absorbió delicadamente con sus carnosos labios hasta tenerlos en su boca y con su lengua hacerle gemir de placer desorbitado. Jica con su mano le masturbaba a la vez que le limpiaba apasionada. Al rato, Jica, volvió para reclamar su boca. Él se la entregó. Burdeos, la separó y la tumbó haciendo zozobrar su cuerpo, sus senos… Desde arriba, Jica era un capricho celestial. Burdeos, con mirada cómplice, se introdujo retorciendo a Jica, sin hacer más que sus leves oscilaciones. Jica empezó a echarse las manos a la cara, abriendo la boca a veces muda a veces gimiendo, luego bajaba una mano y se masturbaba mientras Burdeos respiraba pesadamente… A Burdeos le empezaba a molestar la botella, quería hacer suya a Jica, y ella, la botella, se lo impedía. Totalmente empujado por el deseo, y por la molestia de la botella, la inclinó sobre su vientre, derramándose por su vello púbico, sus testículos (lanzó la botella a un lado que al poco acabó accidentándose contra el suelo) y su pene que hizo de acueducto con el cuerpo de ella hizo que el vino chorreara por su pubis e interaccionara con sus esenias. Burdeos tenía ya la libertad para agarrar las piernas de Jica y controlar el ritmo. El olor a vino, el sudor y el de sus fluidos los transportó a tal estado que Jica le ordenó: “Córrete conmigo”. Y Burdeos, obediente, la penetró con más profundidad que Jica gimió desmedidamente, y con lágrimas en los ojos se fueron sin poderlos seguir.
Burdeos la movió con cuidado, se taparon con la sábana y se durmieron sin limpiarse el vino de los labios.
Había olvidado el sabor de las cosas. De la tersa suavidad de las superficies ondulantes, de la textura de los poros ingenuos por la excitación,… Había olvidado el sabor de los frutos del mar. Recordaba vagamente cómo los frutos del caribe eran dorados, ardientes, voluptuosos en sus tallos que emanaban delicadezas por las hebras de sus ramas acogidas por cerros color café. Pensaba en los frutos del pacífico y a su memoria caían las imágenes como de un manzano sus frutos… pieles más pálidas y aterciopeladas, de texturas suavemente filosas, jugosas, sin corazón ni semillas, frutas nacidas para disfrutarlas sin desasosiego. Criadas en colinas nevadas de carácter andino, que en su corazón, pese a no tener, arden los extractos de una pasión aletargada.
Suspira con los ojos cerrados y sonríe, recuerda cómo era gozar de sus sabores.
Del sabor de los frutos del atlántico… Fríos, lágrimas como las ramas de un sauce llorón, agridulces y temperamentales que sin tregua le sumergían en un mundo que pareciera no tener fin, infinito. A veces escurridizos como los bonitos y en otras más cobijo, como los arrecifes. Accidentados sus valles en donde recolectaba los frutos de coral, como cuando de hipocampo admiraba y se regocijaba mordisqueando.
Pronto su cuerpo despertó y con él, los recuerdos más vivaces… los prohibidos, los que se quedan en la memoria de la experiencia física. Pudo saborear los frutos olvidados del cántabro, los bálticos, los índicos, los mediterráneos,… Los frutos del mediterráneo… frutos ocres, terrosos, cálidos y tersos, maduros, manantes de maná puro y deleite de dioses que al morderlos abres la vereda y eclosiona en un mar. Morder uno es morder la propia mar, salada y cálida, absorbida por ella; acogedora… entre delfines y tortugas.
Entrecortado, el éxtasis pasó y los recuerdos se materializan en su cuerpo, blancos y puros sobre él, para volver a redactarlos con la rúbrica que siempre se merecieron.
No importa el olor, ni el tacto, ni tan siquiera la caída de su pelo. Sólo el levitar de su vestido al contoneo de sus caderas, esquivando al viento, burlándose de lo previsible.
No importa que mis ojos bailen tras de ti, si de ti no puedo esperar nada. Pero ¡ay! Cuando me miras con ojos traviesos dibujando tu travesura en mi retina… Mi cuerpo anula la distancia entre tu sonrisa y mis ojos, como un tren que sin frenos, imposible de detener su ritmo ante la joven ligada a las vías, arrolla con todo lo que se interpone.
No importa que mis manos jugueteen por debajo de tu vestido en medio de la calle, si sólo eres fantasía. Fantasía dulce y benévola, que al ver volar el vestido hacia arriba sólo la sonrisa pícara se siente desnuda, cómplice.
No importa que sean mis rudas manos las que con precaución de niño acaricien tus rosadas aureolas, ni que sean mis agrietados labios los que besen tu aterciopelada tez tostada. Si con ellas sopeso tu cuerpo sobre el mío y te hago mía; y si con ellos hago de tu sequedad la mía y de mi abundancia la tuya.
No importa que me convenzas para que no te acaricie más si no me frenas. Si al rebuscar por entre las bajezas de mi alma en tu vestido, no me encuentro fronteras que me detengan ni resistencia a la que abatir… Pero ¡ay! Cuando me besas el cuello y tú te dejas sentir.
No importa que de repente no haya mundo a nuestro alrededor, que se hayan desvanecido o tal vez hayamos sido nosotros. Pero no importa que no haya nada si Nada no tiene sentido contigo.
No importa que mi cuerpo te invada si ya no hay más fronteras que transgredir. Sin embargo, asedio tu ciudadela abatiendo las puertas con mi ariete, haciéndome prisionero de tu hospitalidad bajo tu yugo. Bañándome en tu amor y secándome en tus prietos labios.
No importa que te haya hecho mía en mi ensueño, ni tan siquiera que te haya llenado de gozo y yo vaciado de satisfacción. Si al volverte a mirar el baile a terminado y tú has girado dejando atrás mi evanescente traje blanco.
No importa que nunca hayas sido mía, por que yo sé que sí lo has sido.
El sudor se escurría por el valle de su esbelta espalda en la que despuntaban los reflejos de los neones rojizos. A cuatro patas y con sus tetas colgando y sacudiéndose, apretaba con uñas y dientes las sábanas gimoteando ahogados placeres entre lágrimas. Mientras él, la sujetaba de las caderas y a veces de la cintura y la follaba con el mismo cariño con el que le correspondía. Cada penetración era un ronquido gutural. La eclosión de sus testículos contra sus labios convertía a aquella habitación en una caverna neardental en plena evolución. El sonido del choque silenciaba el resto de la estancia para tomar protagonismo. De vez en cuando la enderezaba desgarrándole los pechos atrayéndosela hasta él y dejándola caer sobre su erecta polla. Gritó ahogadamente. Él le lamió el cuello saboreando el precio de su sudor. Se la apartó, la dispuso como le convino mientras que con su mano libre se sacaba el condón y sin que ella pudiera hacer nada, su cabello le hizo besar el glande hasta hacérselo tragar. Los labios ejercían presión y la succión de su boca tiraba de la piel haciendo que él tirara más hacia sí de la cabeza de ella. Entrecortando la respiración y arqueando la espalda hacia atrás se corrió llenándole toda la boca hasta hacerla atragantar. A pesar de ello, profesionalmente, le acabó de limpiar con la lengua, de arriba abajo, su manante pene y él se vistió. Le dio la espalda. Al lado de la mesilla dejó los cincuenta euros tarifados.
“Montañas y montañas vainilla se extienden más allá de donde la vista puede alcanzar. Mares de orquidáceas trepadoras se amarran a la ondeante geografía. Cerros y pontos envuelven un cuerpo celestial.
La vainilla se escurre por las dunas de sus senos helando la candente superficie. El valle de su vientre es acometido copando la laguna de su ombligo. De entre las corrientes de pálido amarillo navega sinuoso un barco de papel, que descendiendo por los melosos rápidos bordea los médanos y se arrastra por la lengua de su valle. Atraviesa la arremolinada laguna tras docenas de molinetes para topar, al fin, con la costa del bosque de nata. Del barco estancado en el fiordo vainilla surgen dos dedos que intrépidos se introducen en la inmaculada pureza de la selva de nata. Los dedos toman conocimientos del bosque hasta hacerlo propio y, al poco, se albergan en los desbordantes manantiales de la eterna juventud.
El constante avance de la vainilla ahoga a la superficie sometiéndola, sitiando a la isla de albada nata montada. De los manantiales tan sólo se puede esperar que su juventud no muera jamás, por lo que los dedos, bizarros, atraviesan de nuevo el boscaje y deciden enfrentar la situación”.
A María se le acababa de erizar la piel, justo cuando Otto decidió terminar su relato. La cama estaba embadurnada de batido de vainilla y ambos estaban desnudos. Aún recuerda cómo el primer día, María le aseguraba que estaba mucho más rico si mezclaba la nata con la vainilla.
Poco después se merendaron.
Era como amarrar una estampida de elefantes con cientos de hilos de pescar. Clavados invisiblemente sobre su piel sangrante. Y sin embargo resistía. Ella seguía hablándole, mirándole, sonriéndole. Él la miraba y al poco rato abstraía la mirada hacia otra dirección, conteniéndose. Los detalles de su piel se ampliaban de forma focal. Los poros, el minúsculo casi imperceptible vello de su cuello. La textura ondeada de sus labios y sus comisuras de curva suave, casi perfectas. Los lagrimales como esculturas coronarias de sus ojos. Enseguida abría extremadamente los suyos y volvía al plano general. Fue parco, como siempre, y sus cavilaciones pasaron desapercibidas. Su cuerpo inmóvil tan sólo podía ser espectador de una obra efímera. Los hilos le aferraban a su sitio, carcomido por la impotencia. Sus labios, sus párpados y las yemas de sus dedos comenzaron a sangrar al verse sobre ella viajando por su infinito cuello, besando cada uno de sus poros. Dibujando con sus dedos la forma de sus ojos, observándola absorto. En un impulso, le deshizo la ropa sorprendiéndola, dejando al aire sus ubres, luciendo sus rosados pezones. Mientras que con inutilidad se intentaba cubrir; indefensa. Descendía con sus dedos desde su cuello hasta el vientre y el pantalón que le desabrochó y desquitó con furia. Le mordió una ingle y con su gemido despedazó sus braguitas semitransparentes. Jamás algo tan desnudo había sido tan hermoso… Recorrió con su dedo su jardín, quedándose a dormir en él. Y los hilos tensados, le sujetaban como a un Prometeo condenado. El nudo en el estómago iba creciendo. La impotencia le corroía. Se consumía viendo que su felicidad se levantaba de la silla y se iba por la puerta. Dejando la factura por pagar.
Era principios de Agosto de 1954. Por entre los espacios escalonados de la persiana entraba la humedad del mar y vagos restos de luz anaranjados. Un grupo de estudiantes de filología andaba bajando la cuesta mientras que a gritos se reían de la virginidad de uno de sus compañeros, el muchacho recurrió a versos de Lorca y Machado y algún que otro de Neruda para exponer su ferviente lealtad al amor, entre las carcajadas empezó a recitar las palabras de los grandes.
Fer y María les escuchaban atentamente desde la cama, cubiertos con las sábanas mientras el ventilador del techo giraba zarandeándose.
Tú querías que yo te dijera/el secreto de la primavera. María que se encontraba dándole la espalda a Fer, observando por los huecos de las persianas el exterior de las calles con sus tendidos, notó como la sábana se deslizaba por su silueta como la mantequilla. Poco a poco alcanzó su cintura y la piel se le erizó. Y yo soy para el secreto/ lo mismo que es el abeto. Por unos instantes permaneció absorto observando sus armoniosas contraformas. Comenzó a acariciar su firmamento. La respiración se entrecortó. A los pies de la cama el lienzo variaba su geografía lentamente. Árbol cuyos mil deditos/ señalan mil caminitos. Los dedos se escurrían entre las hebras de su morena melena y se apoderaban de su nuca. María cerró los ojos. Al abrirlos había reposado la mirada, vio una pila de libros que habían pasado desapercibidos. Todos eran libros prohibidos, censurados. El valle de su columna había sido invadido. Delicadamente, lento. Nunca te diré, amor mío,/ por qué corre lento el río. El explorador continuó descendiendo por los extensos y níveos desiertos. El ruido del tranvía silenció los suspiros y al poeta. Los chirridos de los raíles se dirigían calle abajo, a la playa, al faro. Las aspas volvieron a recobrar su protagonismo y un suspiro ahogado se lo arrebató por unos instantes. Pero pondré en mi voz estancada/ el cielo ceniza de tu mirada. Fer subió de nuevo deteniéndose en los hoyuelos de la hermosura. Y continuó hasta la cintura, dejando escurrir sus manos hacia su vientre. Un perro ladró al grupo de estudiantes. María vio sobre la mesilla de noche en uno de sus despertares de bienestar, un libro de Antonio Buero Vallejo, El tragaluz. ¡Dame vueltas, morenita!/ Ten cuidado con mis hojitas. El vientre sintió el frío del abandono y sus pechos fueron asediados por un único contrincante. Ella se arqueó tornando su cuello, que él aprovechó para besarlo. Una vecina abrió de un golpe las persianas en el edificio de enfrente. Dame más vueltas alrededor,/ jugando a la noria del amor. María se dio la vuelta y se arrimó a él, lo justo como para que sus pechos tocaran el torso de Fer y sintiera su suavidad. Se miraron. La vecina, se abalanzó sobre el linde de su ventana y empezó a mandar silencio. El joven poeta se detuvo, alzó la mirada y vociferó. ¡Ay! No puedo decirte, aunque quisiera,/ el secreto de la primavera. Y buenas noches. Los chicos se replegaron hacia la playa. El tranvía se aproximó y en cuanto se hubo cargado de jóvenes reanudó su marcha, dejando tras de sí el rechinar de los raíles sobre las vías. Fer extendió sus dedos por la mejilla de María, descendió por su cuello, recorrió su hombro, se deslizó por la cintura y aterrizó suavemente en su culo. Ella le miro sonriente.
Iba por la calle. Los vio. La vio. Le vio. Finalmente le vieron. Aguda angustia le abrazó. El lazo se iba estrechando y la respiración se ahogó. Fueron segundos tan semejantes a minutos que la distancia entre ambos parecía acortarse por segundos dentro de esos minutos que eran segundos. Fue como ver pasar una vida en segundos, percibiendo, sintiendo cada secuencia, volviéndola a saborear, a besar. A besar. Minutos que con un beso se volvieron horas; horas en las que la volvió a besar y a sentirla entre sus brazos. Sintió su voz expulsando su suave aliento echados en la cama, a la vez que con su tenue hilo de voz le contaba sus cosas y sus grandes minucias que eran su cotidianeidad. Volvió a él el calor de su piel en su mano, mientras pausadamente la recorría pensando que no acabaría nunca de recorrer las llanuras y accidentes de su cuerpo. Pronto las palabras le volvieron a crecer y sintió de nuevo cómo sus cuerpos se unían dándole la espalda y la acariciaba el vientre, sintiendo su suavidad y su calor mientras la presionaba con deseo. El calor despertó sus sentidos y sintió de nuevo en sus manos sus albos y firmes pechos. Posesión anhelada. El resto de los minutos de sus horas que eran segundos de unos instantes de pocos minutos; se durmió abrazándola. Respiró de nuevo. Contuvo la respiración. Y dio media vuelta.
Desde su ventana contemplaba abstraído las vistas al parque. Las señoritas de buena familia paseaban bajo la atenta mirada de su séquito de cuidadoras, y eso a él, desde la distancia, le encantaba.
Su estudio-vigía era puro caos, pura genialidad. Los lienzos arrinconados amontonados mal colocados superposicionados y tumbados flotaban como icebergs en un mar de salpicaduras estallidos y manchas de color. Una roñosa puerta de madera era el umbral a un mundo de trazadas cortas y rápidas cargadas de tonalidades y contrastes que definían un mundo especial. Su cama, su otro lienzo, vivía en una incesante tormenta de sábanas revueltas que nunca se recuperaba de la que se disipó cuando se acercaba una nueva tempestad. Junto a ésta una mesa con una tela blanca y una simple silla de madera que usaba para contentar a su burgués mecenas que le increpaba con frecuencia y lo hartaba del vino que él le compraba.
El suelo completo era una fusión de la madera original que lo formaba sumándose con las texturas que millares de manchas de pintura, conformadas por la sequía y la presión que el mundo de la superficie le ejercía. La geografía y la ideología eran insólitas.
Los harapos de hace una semana, manchados y sudados, vestían a Vinçant reclinado sobre el marco del ventanal. Recreado. Confundiendo su atención entre las virginales jovencitas del parque y su mirada mancillada en el reflejo del cristal. Su exhalación empañó el impresionista cristal y se quedó inmóvil, perenne en el tiempo.
Con sus ojos fijos observó absorto, una vez más, la caída del rey Luís XIV. La oscuridad embaucó su estudio, su alma y se tornó sobre sí a encender el candil, a iluminar un poco su oscuridad. ¡Ras! Dijese la cerilla. La luz naranja brotó de entre la cuerda negra. Brotó del la llama. Rebotó y todo lo encendió. Entonces todo empezó a ser pinceles paletas trapos lienzos caballete estuche mesa silla taburete sábanas puerta… Después surgieron los colores en los pinceles en las paletas en los trapos en los lienzos en el caballete en el estuche en la mesa en la silla en el taburete en las sábanas… ¡Fuh! Callase la cerilla.
El crujir de la madera delataba el pesado movimiento de Vinçant. Se detuvo frente a la carcomida puerta de madera y echándose la mano al pelo suspirando hizo tiritar de miedo a la diminuta resistencia contra la lobreguez.
¡Toc, toc! La portezuela se quejó. Se apartó de forma prudencial y demandó que pasara.
Juliette, dejó caer su albornoz sobre el mar pictoplástico dejándose impregnar por los ojos de Vinçant. Su sexo aseado mostraba la condición de su oficio y sus pezones erectos en sus firmes senos mostraban con el abrigo de su piel erizada que había sido abrazada por la espesa oscuridad que sin sol reinaba en la estancia. Se tapó uno de sus pechos con su melena y se acostó en la cama… Se empezó a masturbar. Cuando se masturbó. Mientras se masturbaba Vinçant comenzó a recorrer su cuerpo con el carboncillo. Las curvas de sus labios. La curva de su mandíbula. La curva de su cuello. Las curvas de sus senos y de sus pezones indelebles. La curva de su vientre. La curva de su costado. Las curvas de su culo. Las curvas de sus ingles. Las curvas de su sexo dilatándose mientras las curvas de sus dedos la masturbaban… La curva del arqueo de su cuerpo… Las hojas inundaron el colorido mar. La tensión de Juliette se desvaneció y quedó jadeante entre las sábanas. Vinçant se dirigió a un rincón y guarecido por las sombras comenzó a hacer extraños sonidos.
¡Tap! El olor del aceite de linaza embriagó a Juliette mientras se acurrucaba entre las sábanas blancas que acababan de extender y observaba cómo Vinçant se desvestía hasta quitarse los pantalones y quedarse desnudo frente a la muchacha. Juliette se mordió el labio inferior y se abalanzó sobre el sexo del extraño artista. Que la apartó extendiéndola sobre la cama. De un bote sacó una brocha inmensa y la comenzó a embadurnar de pintura negra por toda la geografía de su inmaculado y descolorido cuerpo. La frotó por la cara el cuello los pechos el vientre las piernas los brazos los pies las axilas las ingles y por completo su sexo. Lanzó la brocha con despreocupación al suelo y se arrojó sobre Juliette para penetrarla y revolcarla de gozo por el lienzo de su cama hasta convertir su pintura en escultura.
Le clavó el cuchillo con más presión, hasta hacerle brotar una lágrima de sangre. Y al oído le susurraba, «¿No me vas a amar?». Las lágrimas recorrieron sus mejillas. El tipo, no engullía ni un trago de saliva pues el cuchillo le amenazaba con cortarle. No ella, sino el cuchillo; la había poseído. De no haber estado en la cocina… De no haberse levantado… De no haber hecho el amor…
La noche había sido como habían planeado. Y se amaron enzarzados durante horas. Al principio él la sometió a su voluntad. La inmovilizaba, y eso la excitaba. A medida que la noche pasaba, él exhausto, flaqueó y entonces, ella, le derribó. Lo inmovilizó. Abrió el cajón de los “juguetes” y le esposó a la cama. Comenzó a lamerle el cuerpo. A morderle entre besos. Después le mordía a discreción. Los gemidos de dolor la excitaban sobremanera, y comenzó a azotarle y a abofetearle. Su piel, ya roja, le ardía. Fue ese ardor el que le empujó a romper las cadenas de las esposas. Invadido por la adrenalina, la abofeteó y cayó sobre la cama. Se empezaron a reír, y en lo que ella se intentaba enderezar dándole la espalda, él la sujetó de la cintura y caderas, y sin mediar la penetró desatado mientras la azotaba en sus perfectas nalgas. Sus puños se amarraban a la almohada y sus dientes la mordían para no gritar. Ambos rebosaban placer, y fue finalmente cuando estuvo a punto de eyacular cuando golpeó con fuerza su nalga derecha la sujetó de la cintura y profundizó su penetración trayéndose su cuerpo hacia él. Eyaculó. Y se durmieron sin mediar palabra.
La mañana amaneció temprana para él y se levantó a la cocina a preparar el desayuno. Comenzó a cortar una barra de pan de molde para hacer tostadas y al rato ella apareció por detrás y lo abrazó depositando su mano izquierda sobre su sexo, el cual no reaccionó como esperaba. Despechada por la impasividad del deseo; le giró bruscamente y le arrebató el cuchillo clavándole la punta en la yugular.
«¿No me vas a amar?», le volvió a repetir.
La presión sobre su vientre le dio la respuesta.
Gracias por tu tiempo. Gràcies pel teu temps. Thanks for your time.